I
Se pregunta por la probabilidad de que varias personas pronuncien la misma frase en un instante dado, simultáneamente.
Las matemáticas le gustan desde niño. Por encima de cualquier otra rama, el cálculo de probabilidades. Su padre supo transmitirle el afán por el cálculo, como antes su abuelo se lo inculcó a él, en una especie de tradición paterno-filial frecuente en India.
Vikram es inglés de ascendencia paterna hindú. Sigue frecuentando el cálculo aunque nada tenga que ver con su trabajo en la clínica veterinaria. O precisamente por eso. Utiliza el cálculo como otros utilizan el cine de acción, las novelas románticas o el cannabis. Lleva su buena hora y media recostado en el sofá, ensimismado, elucubrando sobre el asunto. ¿Qué posibilidades hay de que más de una persona esté diciendo una misma frase? No es sencillo.
Podemos estar seguros en un principio de que, de los siete mil millones de personas que conforman la especie varios cientos de millones conversan en cualquier momento dado. Podría parecer que un campo tan vasto garantiza una buena posibilidad para prácticamente cualquier azar que imaginemos, por inverosímil que nos resulte. Pero hay más variables. Y más complejas.
Por ejemplo, en este caso, nos topamos con que el conjunto de las sentencias enunciables, de las posibles frases provistas de sentido en cualquier lenguaje humano, es virtualmente infinito. Por más miles de millones que seamos, la posibilidad de que más de una persona pronuncie al tiempo una frase del tipo «Soy el oso de los caños de la casa» o «Memoria de una piedra sepultada entre ortigas» es insignificante.
Sin embargo, el repertorio de las frases más usuales, saludos y despedidas, referencias al clima, lugares comunes y refranes, alusiones a la actualidad informativa, es con certeza sorprendentemente reducido. «Es muy probable», piensa Vikram, «que al menos dentro de mi huso horario varias decenas, quizá centenares de personas se den las 'Buenas tardes' en este preciso instante».
Eliminando estos dos casos extremos, Vikram decide delimitar la cuestión a los enunciados eminentemente informativos, desprovistos de carga fática y circunscritos a lo real. Como necesita un ejemplo para focalizar su imaginación, trata de recordar la última frase que ha pronunciado esa tarde. Comete un error, porque el recuerdo, como un resorte, un gatillo, devuelve con violencia su pensamiento a la mezquina cotidianeidad.
De todos modos Max ha trepado al sofá y le requiere con carantoñas. Max tiene ganas de jugar un rato con su mascota. Más tarde Vikram se concederá una cerveza solitaria antes de que llegue Yvette. Beber no le conviene y lo sabe, pero la jornada se le ha ido haciendo cuesta arriba a medida que iba transcurriendo.
Por cierto, Max es un mimado gato negro y su mascota es, claro, Vikram. Ah, y la última frase que Vikram ha pronunciado esa tarde ha sido «Ya no se recuperará».
Vikram ignora e ignorará siempre —¿cómo podría enterarse?— que esa frase que ha formulado hace apenas un par de horas en su consulta londinense, forzando el acento norteño, la repetían en estricta simultaneidad, en acorde perfecto, otras dos personas en otras dos lenguas: Wilhelm Goldman Russo en España, Aitou Leach en Japón.
martes, 23 de junio de 2009
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