martes, 28 de abril de 2009

Catedral - III

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II

«No hay broma alguna. Los datos son fidedignos» fue el dictamen del comité que revisó los registros. Por absurdo que pudiera parecer, no quedaba lugar para la duda. Unos seis siglos atrás, una inteligencia alienígena, a millones de kilómetros de nuestro planeta, nos había remitido un mensaje en italiano. Un telegrama cósmico.
Se imponía antes que nada la necesidad de darle respuesta, y no resultó sencillo alcanzar un consenso. El texto debía representar a todo el género humano. La humanidad entera había sido la destinataria —hubo que vencer, es verdad, ciertas reticencias por parte de Italia a este respecto— y la humanidad toda debía ser, en consecuencia, quien contestara.
Predominaba en aquella época la hilarante concepción de la raza humana como conjunto de naciones, por lo que la redacción del mensaje se encomendó a la ONU —hubo que vencer, es verdad, ciertas reticencias por parte de Estados Unidos e Israel a este respecto—. Pero ¿qué decir? La opinión mayoritaria se inclinaba por algo que evidenciara la altura alcanzada por el conocimiento humano. Se llegó a postular la posibilidad de emitir la traducción al italiano de la Teoría General de la Relatividad de Einstein.
El hecho, empero, era que el mensaje, fuere el que fuere, tardaría unas seis centurias en llegar a su destino. Lo más probable era que cualquier declaración científica que se pudiera remitir a nuestro espectador galáctico —pronto se concluyó que la inteligencia emisora debía estar, de algún modo, observándonos— avergonzara a los tataranietos de los remitentes al cabo de seiscientos años. «¿No nos mesaríamos los cabellos hoy si nuestros interlocutores cósmicos dedujeran del mensaje de nuestros ancestros que pensamos que la Tierra es un objeto plano en cuyo derredor orbitan el sol y el resto de las esferas celestes?», expresó con elocuencia la profesora Parisio.
La otra dificultad, de índole práctica, radicaba en la ingente cantidad de energía que requeriría producir las señales lumínicas, aun para un texto de un centenar de caracteres de extensión. Fue esta consideración la que condenó la mayor parte de las propuestas, incluida la iniciativa italiana de transmitir "La divina comedia" prologada por Berlusconi.
La solución que se adoptó finalmente satisfizo a todo el orbe sin dejar contento a nadie. Europa entera se quedó a oscuras durante toda una jornada para que, al anochecer, un Milán —Italia parecía ser el foco de atención de nuestro vigilante— incandescente, verdadero neón planetario, pudiera comunicar nuestra respuesta: «Aspettateci. Arriveremo il più presto possibile».
«Esperadnos. Llegaremos lo antes posible».

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