lunes, 27 de abril de 2009

Catedral - II

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Las señales se habían recogido la tarde anterior como parte de las observaciones de rutina del telescopio espacial Hubble. Un patrón de intermitencias lumínicas procedente de una pequeña nebulosa a unos 600 años luz del planeta Tierra cuya rítmica recurrencia no obedecía a la física o al azar. Era un patrón. Intencional. Era un mensaje.
En tan solo una semana se logró congregar a los mayores expertos mundiales en lingüística comparada, astrofísica, psicología, criptografía... Se les reservaron tres plantas en un hotel a treinta kilómetros de Washington D.C. con un moderno centro de convenciones adyacente a su entera disposición. Se estimaba que, con toda probabilidad, transcurrirían meses antes de vislumbrar algún resultado. Cincuenta minutos después del inicio de la primera sesión de trabajo el comité de sabios en pleno abandonaba el hotel sin hacer declaraciones. Visiblemente indignado, un portavoz electo leyó ante los miles de corresponsales destacados para cubrir el acontecimiento un escueto comunicado en el que los científicos anunciaban su intención de interponer una demanda contra el autor de aquella broma por una cuantía de 6,0221367 x 1023 centavos. Habían tardado más tiempo en redactar el comunicado que en descifrar el supuesto mensaje extraterreste que rezaba, en correcto italiano, «Mi piace molto. Ne sto costruendo una uguale qui accanto» o, lo que viene a ser lo mismo:
«Me encanta. Estoy levantando una igual aquí al lado».

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