jueves, 30 de abril de 2009

Catedral - IV

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III

«Todos venís conmigo», sentenció Anton Romariek justo antes de clausurar la escotilla para los próximos mil quinientos años, con la cosmonave a punto de despegar.
Los hombres que en su día dieron respuesta al vigilante calcularon que habría que esperar al menos ocho siglos para que la ciencia y la tecnología fueran capaces de enviar una misión tripulada a esa distancia. Se había tardado tan solo cinco.
Esos cinco siglos de espera, que podríamos considerar un mero interludio en el que no merece la pena detenerse, habían sido, en realidad, el periodo más feliz que hubiera conocido la raza humana. Por vez primera el homo sapiens perseguía un fin común, una misma misión, un único telos. Todos los hombres el mismo hombre. Su destino, las estrellas; un encuentro interestelar a seiscientos años luz de su planeta natal.
La guerra, la desigualdad social, la injusticia, el hambre... hasta el crimen fue erradicado sin gran dificultad. Cinco siglos de bienestar, de utopía casi. Las peores lacras humanas se resolvieron de manera sorprendentemente sencilla ahora que su desaparición había dejado de ser un fin para convertirse en un medio. Todo en un par de generaciones, incluso la espontánea adopción del italiano como lingua franca universal.
Ni siquiera el hecho de no haber vuelto a detectar ningún otro mensaje cósmico había socavado la fe —en el ínterin, varios telescopios espaciales no habían dejado de apuntar al origen del "Mepiace" en vano—.
A Anton Romariek, el cosmonauta polaco seleccionado para la misión, le cumplía ahora convertir toda esa potencia, esa voluntad única, genérica, en glorioso acto. Era el hombre entre los hombres, poco menos que un nuevo mesías.
La nave partió el 28 de enero de 2500 d.C. En tres semanas, una vez rebasada la órbita de Urano, Anton ocuparía la cápsula de hibernación para despertar milenio y medio después.

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1 comentario:

  1. AAAAAhhhhhhhh, ¡ahora entiendo!
    Dois mío, algunas veces me das miedo... ¿De dónde sacas tanta imaginación? Más que miedo, me das una envidia cochina... Estoy deseando leer cómo sigue. Ah, y gracias por el homenaje al Bel Paese.
    Firmado: la profesora Parisio

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