II
—Ya no se recuperará— dijo Wilhelm.
—Estoy seguro de que sí lo hará, es una empresa sólida y sus acciones han sido el valor más seguro durante mucho tiempo.
—Esa panda de pelotudos no saben qué están haciendo. ¡Cómo han podido permitir que les impongan una ley tan dura de fomento de los genéricos! - paladeó el último trago de su Château Lagrange.
—No en todos los países se respeta la ley del mercado… Hay gobiernos que tienen mucho poder mediático y no se les puede pasar por alto así como así.
—Una empresa con solides internacional como la nuestra no hubiera permitido algo así. Yo te digo que de esta no salen.
—Tal vez tengas razón, pero no me puedo creer que no se puedan quitar de encima a los palurdos del “Indepabis”
—¡Indepabis!¡Instituto para la Defensa de las Personas en el Acceso a los Bienes y Servicios! ¡La concha de su madre…! ¡Si hasta el nombre suena absurdo! Si hay algo que me jode más que los mojigatos, son los mojigatos utópicos. Esa gentuza pretende jodernos vivos, ¿qué beneficios va a tener una empresa, si va regalando su producción por ahí?
—Además, seamos realistas, las enfermedades endémicas existen desde que el mundo es mundo y sirven para regular la demografía.
—Imaginate un mundo lleno de negros sanos que no dejen de tener hijos como conejos…— cogió un bocado del jamón pata negra, con cuidado para no atragantarse con la risa —¡qué futuro!
Wilhelm y Chris, miembros de la directiva de Pfizer en España, recursos humanos y departamento comercial respectivamente, salen tras su aperitivo de fin de jornada cada uno por su lado. Wilhelm cogerá un taxi para ir a casa. Hoy estará esperándole Emanuela, que está aquí en su visita mensual, cosa que no le ha impedido mantener su charla acostumbrada con el compañero. En el trabajo hay que socializarse, si no, no hay manera de prosperar. Así que, hoy el sexo no habrá que ir a buscarlo, la cama en casa estará calentita. Emanuela es buena follando, pero no podría soportar follar con la misma mujer el resto de su vida, antes se pegaría un tiro. Emanuela es mucho más fría que la morenita del bar de la Cava Baja del fin de semana anterior, pero es mucho más flexible y habilidosa con la lengua.
Wilhelm llegará a casa y follará atléticamente. Habrá disfrutado de otro de esos momentos con él mismo que tanto le gustan; tiene un espejo en el techo y otro tras el cabecero de la cama que le permiten contemplar el espectáculo. Tiene algo de argentino, así que, le resultará totalmente natural la conversación amorosa y los arrumacos con Emanuela. No le inquieta que la semana pasada fuera Inés. Al fin y al cabo, Emanuela es su mujer… no, no están casados, pero ella es suya.
Wilhelm tiene un gato negro que se llama Black, al que echa más de menos cuando está fuera de casa que a cualquier ser de este mundo. Adora al jodido bicho. Black es independiente, ágil y hermoso como él. Cuando ve la tele, Black se sienta a su lado y le permite acariciarlo sólo hasta que ya no le apetece y entonces le mira con un desprecio inaudito, que Wilhelm entiende perfectamente.
Mañana se levantará temprano para ir a la oficina y poder tener sexo matutino. Es mucho mejor que su habitual visita al gimnasio antes de entrar a trabajar. Emanuela ya sabe cuánto le gusta que se la chupe antes siquiera de haberse despertado, su pelo negro desparramado sobre el pubis de Wilhelm mientras él se retuerce de placer…
Esta mañana está disfrutando realmente del trabajo, el cierre de la planta en Venezuela está siendo un tema complicado. Por un lado, el gobierno quiere intervenir porque ese país necesita las medicinas que la planta fabrica y, por otro, no quiere subvencionar para que la empresa no tenga pérdidas. Él lo tiene claro. Sólo queda ponerse a trabajar: no es fácil conseguir los despidos de tanta gente de la forma más rentable y rápida posible. La rapidez es fundamental. Que no les de tiempo a protestar y que les oigan los europeos papanatas. Es un reto y eso a Wilhelm le gusta.
La semana pasada tuvo que viajar a Venezuela para comenzar a organizar el asunto. En el aeropuerto vivió una situación desagradable, dos taxistas se pelearon por el servicio: “¿Qué pasa negro, ahorita me vas a quitar la chamba?” Debía de ser el tipo medio argentino, por la expresión “negro”, que se usa en Argentina entre la gentuza. Él lo había oído por primera vez a su abuelo cuando un día le llevó al colegio dando un rodeo por una calle diferente, en la que se encontró con lo que parecía un viejo amigo: “¿Cómo andás, negrito?” Le dijo y el acento argentino de su abuelo se agudizó y sus ademanes fueron distintos a los movimientos elegantes que él le conocía. Wilhelm siempre guardó el recuerdo desagradable de esa visita por callejuelas desconocidas, embarradas y malolientes. Su abuelo le diría: “Trabajé mucho para salir de aquí, así que no seas boludo y aplicate en la escuela para no volver”. El abuelo había sido negro… pensó su mente de niño atónito.
Ahora debía resolver el asunto de las nóminas de aquellos negros venezolanos. A ver si le da tiempo a llegar al partido Madrid-Barça que van a ver los compañeros en el bar. El fútbol no le interesa mucho, pero va a haber gente interesante. Cuando vuelva a casa aquella tarde tras el aperitivo ya no estará Emanuela, habrá llegado ya a Milán. Es un alivio volver a tener la casa para él solo.
Cuando llegue a casa, Wilhelm se encontrará a Black muerto. Lo que él no sabe es que su gato ha muerto por una enfermedad de los felinos cuyo primer brote se localizó hace años en un hospital veterinario universitario del Reino Unido. Esto a Vikram no le resulta novedoso pues en su tesis doctoral investigó sobre esta variante de la toxoplasmosis que los veterinarios ya conocen, pero cuyo estudio a mayor escala todavía no es rentable. Los resultados de la tesis de Vikram sostenían de manera más que sólida la posibilidad de que esta variante sea en cualquier momento altamente peligrosa para el ser humano, pues la mutabilidad del parásito responsable de su contagio es pasmosa. El último caso sospechoso de mutación que se ha registrado se ha dado en Japón. También era un gato negro.
viernes, 26 de junio de 2009
martes, 23 de junio de 2009
Cuento a varias manos: primera entrega
I
Se pregunta por la probabilidad de que varias personas pronuncien la misma frase en un instante dado, simultáneamente.
Las matemáticas le gustan desde niño. Por encima de cualquier otra rama, el cálculo de probabilidades. Su padre supo transmitirle el afán por el cálculo, como antes su abuelo se lo inculcó a él, en una especie de tradición paterno-filial frecuente en India.
Vikram es inglés de ascendencia paterna hindú. Sigue frecuentando el cálculo aunque nada tenga que ver con su trabajo en la clínica veterinaria. O precisamente por eso. Utiliza el cálculo como otros utilizan el cine de acción, las novelas románticas o el cannabis. Lleva su buena hora y media recostado en el sofá, ensimismado, elucubrando sobre el asunto. ¿Qué posibilidades hay de que más de una persona esté diciendo una misma frase? No es sencillo.
Podemos estar seguros en un principio de que, de los siete mil millones de personas que conforman la especie varios cientos de millones conversan en cualquier momento dado. Podría parecer que un campo tan vasto garantiza una buena posibilidad para prácticamente cualquier azar que imaginemos, por inverosímil que nos resulte. Pero hay más variables. Y más complejas.
Por ejemplo, en este caso, nos topamos con que el conjunto de las sentencias enunciables, de las posibles frases provistas de sentido en cualquier lenguaje humano, es virtualmente infinito. Por más miles de millones que seamos, la posibilidad de que más de una persona pronuncie al tiempo una frase del tipo «Soy el oso de los caños de la casa» o «Memoria de una piedra sepultada entre ortigas» es insignificante.
Sin embargo, el repertorio de las frases más usuales, saludos y despedidas, referencias al clima, lugares comunes y refranes, alusiones a la actualidad informativa, es con certeza sorprendentemente reducido. «Es muy probable», piensa Vikram, «que al menos dentro de mi huso horario varias decenas, quizá centenares de personas se den las 'Buenas tardes' en este preciso instante».
Eliminando estos dos casos extremos, Vikram decide delimitar la cuestión a los enunciados eminentemente informativos, desprovistos de carga fática y circunscritos a lo real. Como necesita un ejemplo para focalizar su imaginación, trata de recordar la última frase que ha pronunciado esa tarde. Comete un error, porque el recuerdo, como un resorte, un gatillo, devuelve con violencia su pensamiento a la mezquina cotidianeidad.
De todos modos Max ha trepado al sofá y le requiere con carantoñas. Max tiene ganas de jugar un rato con su mascota. Más tarde Vikram se concederá una cerveza solitaria antes de que llegue Yvette. Beber no le conviene y lo sabe, pero la jornada se le ha ido haciendo cuesta arriba a medida que iba transcurriendo.
Por cierto, Max es un mimado gato negro y su mascota es, claro, Vikram. Ah, y la última frase que Vikram ha pronunciado esa tarde ha sido «Ya no se recuperará».
Vikram ignora e ignorará siempre —¿cómo podría enterarse?— que esa frase que ha formulado hace apenas un par de horas en su consulta londinense, forzando el acento norteño, la repetían en estricta simultaneidad, en acorde perfecto, otras dos personas en otras dos lenguas: Wilhelm Goldman Russo en España, Aitou Leach en Japón.
Se pregunta por la probabilidad de que varias personas pronuncien la misma frase en un instante dado, simultáneamente.
Las matemáticas le gustan desde niño. Por encima de cualquier otra rama, el cálculo de probabilidades. Su padre supo transmitirle el afán por el cálculo, como antes su abuelo se lo inculcó a él, en una especie de tradición paterno-filial frecuente en India.
Vikram es inglés de ascendencia paterna hindú. Sigue frecuentando el cálculo aunque nada tenga que ver con su trabajo en la clínica veterinaria. O precisamente por eso. Utiliza el cálculo como otros utilizan el cine de acción, las novelas románticas o el cannabis. Lleva su buena hora y media recostado en el sofá, ensimismado, elucubrando sobre el asunto. ¿Qué posibilidades hay de que más de una persona esté diciendo una misma frase? No es sencillo.
Podemos estar seguros en un principio de que, de los siete mil millones de personas que conforman la especie varios cientos de millones conversan en cualquier momento dado. Podría parecer que un campo tan vasto garantiza una buena posibilidad para prácticamente cualquier azar que imaginemos, por inverosímil que nos resulte. Pero hay más variables. Y más complejas.
Por ejemplo, en este caso, nos topamos con que el conjunto de las sentencias enunciables, de las posibles frases provistas de sentido en cualquier lenguaje humano, es virtualmente infinito. Por más miles de millones que seamos, la posibilidad de que más de una persona pronuncie al tiempo una frase del tipo «Soy el oso de los caños de la casa» o «Memoria de una piedra sepultada entre ortigas» es insignificante.
Sin embargo, el repertorio de las frases más usuales, saludos y despedidas, referencias al clima, lugares comunes y refranes, alusiones a la actualidad informativa, es con certeza sorprendentemente reducido. «Es muy probable», piensa Vikram, «que al menos dentro de mi huso horario varias decenas, quizá centenares de personas se den las 'Buenas tardes' en este preciso instante».
Eliminando estos dos casos extremos, Vikram decide delimitar la cuestión a los enunciados eminentemente informativos, desprovistos de carga fática y circunscritos a lo real. Como necesita un ejemplo para focalizar su imaginación, trata de recordar la última frase que ha pronunciado esa tarde. Comete un error, porque el recuerdo, como un resorte, un gatillo, devuelve con violencia su pensamiento a la mezquina cotidianeidad.
De todos modos Max ha trepado al sofá y le requiere con carantoñas. Max tiene ganas de jugar un rato con su mascota. Más tarde Vikram se concederá una cerveza solitaria antes de que llegue Yvette. Beber no le conviene y lo sabe, pero la jornada se le ha ido haciendo cuesta arriba a medida que iba transcurriendo.
Por cierto, Max es un mimado gato negro y su mascota es, claro, Vikram. Ah, y la última frase que Vikram ha pronunciado esa tarde ha sido «Ya no se recuperará».
Vikram ignora e ignorará siempre —¿cómo podría enterarse?— que esa frase que ha formulado hace apenas un par de horas en su consulta londinense, forzando el acento norteño, la repetían en estricta simultaneidad, en acorde perfecto, otras dos personas en otras dos lenguas: Wilhelm Goldman Russo en España, Aitou Leach en Japón.
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