jueves, 8 de enero de 2009

Historia de una cicatriz

Cuando me preguntan sobre la historia de mi cicatriz - que qué me pasó, que cómo la conseguí - siempre acabo contando la historia de mi vida. Y cuando me piden que relate algo sobre mi pasado, de cómo llegué a ser quien soy, de qué me ha guiado por los senderos distintos de mi vida, pues entonces levanto un dedo de la mano para acariciar desde una punta hasta la otra la cicatriz que tengo aquí en la frente, esta cicatriz vertical que se parece más a una abolladura que un corte. Y les digo: es que a mi madre le daba pena que estuviera muerta.
La verdad es que no estaba muerta precisamente, pero tampoco estaba viva. Después de cinco embarazos, a mi madre le habían salido un tuerto, un manco, un genio, un sádico y un muertecito con seis deditos en el pie izquierdo, pero no le había salido ninguna hembra. Y se negó a quedarse con las ganas. Quería una niña. Nunca me ha precisado por qué. Pero sé que no fue porque quería comprarme vestidos azules con delantal blanco (como llevaba Alicia en el país de las maravillas) porque en ese caso se habría quedado satisfecha con la muñeca que había sido, antes de que me abriera la cabeza con un cuchillo.
Puede ser porque quería nietos que realmente le pertenecieran (como sólo les pertenecen de verdad los nietos a los abuelos maternos). O será porque se sentía sola entre tanto hombre - aunque mi hermano David tuvo la bondad de haber nacido gay y conseguirle a mi madre el yerno más lindo que suegra alguna haya tenido (que casi su nieto lo es porque David le lleva unos veinte años o más).
Quizás fuera por mi cabello que por fin decidió buscar a una bruja que hiciera un ser humano de su muñequita de trapo. Es que no crecía ni se enredaba ni brillaba en la luz del mediodía. Y yo nunca chillé porque me lo había jalado mientras me lo peinaba, ni le di siquiera un solo beso en la mejilla por haberme convertido en una princesa, con una corona espléndida de trencitas atadas con listones de color. Jamás levanté mis dedos para torcerle la boca de formas divertidas y grotescas mientras ella hacía la inspección de rigor de su obra peluquera. Hubiera querido hacerlo, pero no podía. No me alcanzaban las fuerzas.
Mi madre no me hizo a su imagen, sino según sus caprichos, aunque fueran un poco restringidos por su presupuesto. Estos ojos me los compró en una mercería, y como le salieron baratos por estar al 50% de descuento, me compró un juego de repuesto que siempre guardo en el bolsillo de los pantalones. Yo habría preferido unos ojos azules pero esos no tenían descuento. (No es que cueste más fabricarlos; se venden más caros de acuerdo con los prejuicios que tiene la gente en contra de su propio aspecto.)
A mi madre no se le ocurrió ningún objeto adecuado para hacer mi nariz ni para crearme unas orejas, así que me quedé con un espacio en el centro del rostro y mi cabello no tenía nada que le estorbara. Casi no tengo olfato ni oído a causa de estas negligencias suyas. Mi boca, por otro lado, me la hizo de un recorte de seda roja, que fijaba a mi cara con puntitos finos de buena costurera. Sólo se dio cuenta de la extravagancia del rojo después de ya haberme cosido la boca. Entonces me regaló unas pestañas largas y negras y unas cejas delgadas, arqueadas en una expresión de asombro perpetuo, para restaurar un poco de inocencia a mi imagen.
Mi pelo se lo robó a mi hermano José. Mi madre le obligó a dejarlo crecer hasta que le alcanzara los hombros y el pobre sufrió años de burlas y hasta golpes en la escuela por haberse parecido a una niña. (No le decían nada por tener un solo ojo porque éste sí que era azul y ya sabemos que un ojo azul vale por dos ojos oscuros). Aún no nos perdona ni a mí ni a mi madre aunque yo le he dicho mil veces que a mí no me eche la culpa, que no tengo la culpa de nada.
Mis adentros eran las tiras de la cobija que cubría el cuerpecito helado de mi hermano Gabriel durante las treinta y seis horas en que mi madre se negó a aceptar que estuviera muerto. No podía usarla para tapar a otro hijo porque se quedó con el frío de la muerte y ya no daba calor a nadie. Por eso tengo siempre que vivir en climas cálidos.
Cobijado en los restos de esta mortaja tengo un corazón de cristal, un pisapapeles de color rosa que compró mi hermano Juan como regalo de cumpleaños para mi madre. Emocionado por su compra, que le parecía una cosa de gran hermosura, mi hermano volvió a casa corriendo y dejó caer el corazón al suelo. De milagro no se rompió pero quedó con una fisura casi invisible que lo dividió para siempre en dos.
Mi madre me hizo con la complicidad de mis hermanos pero a escondidas de los suyos. Estaba convencida de que si me veían, me arrancarían de sus brazos. A mis tíos les pareció una exageración enfermiza el sufrimiento de mi madre (una mujer soltera que ya tenía cuatro hijos vivos y sanos y pocos recursos para mantenerlos) por el bebé que había perdido. Así que mi madre les pidió a mis hermanos que no hablaran de la existencia de su hermana pequeña. No fue difícil mantenerme en secreto cuando mis tíos venían de visita: yo nunca lloraba. En una ocasión el gato sordo de los vecinos entró por la ventana, me saltó encima y hundió sus uñas en mi pecho para afilárselas. Me erizaba el sonido áspero de sus garras rasgando mi piel pero seguí guardando el mismo silencio de siempre.
Poco a poco mi madre empezó a interesarse de nuevo por los seres vivos que tenía a su alrededor pero no dejó de querer a la muñeca que le había hecho tanta compañía durante sus meses de depresión. Se empeñaba en llevarme consigo a todas partes. Cuando hacía la compra yo dormía a gusto en el fondo de su bolsa de lona, escondida entre las verduras y frutas que iba comprando. Mi madre hizo unos pequeños agujeros en la bolsa por si acaso me animaba a probar un poco de aire y nunca me ponía directamente encima las verduras y frutas más pesadas. Esas las acomodaba cuidadosamente alrededor mío. Sólo tenía que aguantar la lechuga, las espinacas y las hierbas sobre el pecho, los aguacates sobre el estómago y los jitomates sobre los pies. Ahora, cada vez que me alcanza el aroma del cilantro o del epazote, me acuerdo de ese remanso de frescura y soledad y de las sonrisas pícaras de buena cómplice que me deslizaba mi madre a cada rato.
Pero las sonrisas que yo le devolvía nunca fueron de alegría, sino de la buena educación que me había atribuido en el momento de dibujarme la boca. Y nunca pude darle un abrazo espontáneo (o pegajoso, por las manos untadas de mermelada o de miel) como suelen y deberían de ser los abrazos que dan los niños. Mis ojos nunca se cerraron y mi cuerpo jamás asumió ese peso extraordinario de los seres entregados, sin reservas ni miedo, a un sueño más profundo que la muerte.
Mi madre añoraba tener una hija humana, pero no podía deshacerse de su pobre muñequita de trapo. Se había encariñado demasiado conmigo. La única solución fue buscar a quien me convirtiera en persona.
¿No le has dado un cerebro? -dijo la bruja a mi madre después de escuchar la historia de mi creación. Lo repetía varias veces, feliz de creer haber dado en el blanco. La niña no tenía cerebro. Con razón quedaba sin vida, con razón no controlaba el manejo de sus brazos, sus piernas, su voz.
-Voy a hacerle un pequeño corte en la frente, -anunció, de manera calma y profesional, como buena cirujana. -Quitamos un poco del relleno y lo reemplazamos con algo que le sirva mejor.
Las dos mujeres se quedaron mudas durante unos momentos, contemplando en silencio las posibilidades infinitas de lo que puede contener la mente de un ser humano. La mía se compone de una moneda de veinte centavos y tres de cincuenta; también un billete de veinte pesos que era en ese entonces una fortuna, la cual mi madre luego se arrepintió de haber gastado de manera tan extravagante. La bruja, muy consciente de las desventajas del analfabetismo, arrancó unas páginas de un libro que nunca supo leer, hizo unas bolitas arrugadas de ellas, y me las metió en la cabeza. Mi madre, por su parte, me obsequió su posesión más preciada: una foto que le tomaron en su fiesta de quince años. Luciendo una sonrisa tan pícara como tímida y un vestido blanco irreprochable, baila con un hombre mayor que yo creía mi abuelo hasta que mi tía me lo desmintiera: era el padre de la mejor amiga de mi madre y, según las malas lenguas, de mis dos hermanos mayores.
-A tu madre aquél hombre le rompió el corazón, me dijo mi tía, aún impresionada por todo lo que lo había querido. (A mí ningún hombre me ha roto el corazón aunque sea porque es imposible romper lo que jamás estuviera entero.)
Si soy brusca, si me faltan las palabras de consuelo o de cortesía, si no sé charlar de lo que sea para llenar un silencio bochornoso les pido que me perdonen, que entiendan que agarraron sólo a lo que tenían a mano, lo que en ese momento se les ocurrió podría serme útil y me lo metieron, deprisa, con dedos toscos y ansiosos para poder coser de una vez el corte que me habían hecho en la cabeza y ponerse a rezar por la muñequita que inexplicablemente había empezado a sangrar.

6 comentarios:

  1. Me gusta muchísimo Rebecca.
    Me gusta la frase que describe a los hermanos al principio. Lo de las posibilidades infinitas del contenido de la mente y todas las pequeñas descripciones. Creo que tus cuentos son muy familiares. El paréntesis de Alicia en el país de las maravillas no lo entiendo muy bien. Precioso!!!

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  2. Está de p.m. No puedo decir nada más. ¿De dónde te has sacado la ambientación mexicana?

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  3. perdón, el del comentario anterior soy yo, Iulius.

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  4. Es que viví en México durante cinco años....

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  5. Me ha gustado mucho Rebecca. Es una historia muy tierna y llena de sentimientos.

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  6. Jo... Rebecca, ¡tu cuento es genial! Está en perfecto equilibrio entre una película de Arturo Ripstein y un cuento para niños. ¡Enhorabuena!

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