sábado, 3 de abril de 2010

El poema innato

El poema innato

Se rompió la cadena que ataba el reloj a las horas

Cerrar fuerte los ojos, agarrarse a la colcha como a una balsa de madera. Esconderse del día y buscar la calidez de una presencia.
Resbalarse poco a poco en la arena fina de una playa de Cádiz hasta casi hundirse entre algas deshilachadas y fragmentos de caracoles.
Dejarse llevar entrando despacio en el oleaje suave de un mar de barcos, pescadores y gritos atuneros.
Y salir del agua y andar hacia un viento nuevo y colores brillantes, recién nacidos.

Me olvido, ya no sé qué hacer, no dejo de correr como en sueño
Camino por una senda oculta bajo los árboles del bosque.
Luz espesa como plata sobre pequeños estanques.
Sombras en el campo y estremecimiento en mis sandalias que se mueven hacia ti que no sé si me esperas.
Minúsculas criaturas recortadas contra la oscuridad se escabullen, corren, danzan y hacen pirueteas.
Y yo, dividida entre miedo y excitación, vivo mi sueño de una noche de verano.

A los tejados me he mudado a vivir por desobedecer, por ver al sol salir, por sacar la cabeza afuera
La perfección de una sábana blanca tendida al sol.
La mirada curiosa de un ratón en la hierba alta.
La lealtad de una bicicleta que espera paciente, apoyada en el muro desconchado de cal.
La lluvia honesta rebosa en la huerta, los pies desnudos saltan en el lodo.
Y empujones y risas y rasguños en las rodillas.

Se volvió a gusano, mariposa, cansada de volar (…) a ver si dentro puede comprender
El descanso de un peine debajo del espejo quebrado.
La terquedad de un cabello que no quiere bajar por el sumidero.
La indolencia de una cortina apartada de la ventana que da a un patio de geranios y rosas.
El crujido del bolígrafo en el cuaderno de mates y el olor del guiso en la cacerola, cuando ya han tocado las ocho.
Y el pintalabios rojo de tu madre que en tus manos se hace lápiz y dibujo.

Perdí el sentido del camino y envejecí cien años más de tanto andar
Ojeras de mañana de lunes, otro homicidio en Hortaleza el fin de semana.
Nigerianas y senegalesas en las aceras, ojos grandes de letargo y miedo. Y el frío, mucho frío.
Manos brunas limpian parabrisas y sonrisas blancas se rompen en las caras, mendigos de compasión.
Palabras se encienden en la noche de la Puerta del Sol y calientan los corazones de nómadas y vagabundos.
Y alcohol y chirridos de neumáticos y sirenas de ambulancias.

Después de arder el fuego ya es sólo humo, el infierno ya es sólo humo
Los tacones giran veloces, hasta casi tropezarse, pero es siempre un casi.
Las faldas trazan ruedas y las piernas rabiosas imponen su fuerza encima de las tablas.
Una mujer vende descaradas frutas en las esquinas de la ciudad. Un cuchillo está al acecho debajo de una manga.
Un destello de oro en la boca, un agujero en la nariz, una coleta de pelo negro betún.
Y palmas y zapateos y Camarón que grita y llora dentro de una caja de música.

4 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. De aqui a poco tendras un poemario, me gustan todos, pero especialmente Me olvido, ya no sé qué hacer, no dejo de correr como en sueño

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  3. No, no, un momento: los títulos en negritas son partes de canciones de "La Ley Innata" de Extremoduro que han inspirado las imágenes de mi poema (?). Ojalá fueran míos esos verso... Son del gran poeta Roberto (mi tocayo) Iniesta.

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