En el interior de un traqueteante tranvía lisboeta, una zorra corría libre por el bosque.
Como cada bisiesto, el 29 de febrero del año 1748, puntualmente a medianoche, la zorra se detuvo y postuló:
—Entia non sunt multiplicanda praeter necessitatem.
Él —un ex músico, un ex modelo, un ex cocainómano— se levantó emocionado.
Por primera vez, a los fuegos artificiales vino a unirse un diluvio de estrellas fugaces.
ReRoSuIuElAnRe
lunes, 30 de marzo de 2009
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¡¡¡¡Otro, otro!!!
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