martes, 7 de septiembre de 2010

Homenaje (Por Roberta)

Volveré al hotel esta noche y llenaré de sal todas las cañerías.
Las llenaré para atrapar un cabello que alguien quiso que bajara por el sumidero.
Quisiera encontrarlo y decirle, a través de la puerta que separa dos universos:
– Aquí lo tengo: la prueba de mi terquedad y mi regalo para ti.

Siento que esta operación tan trivial es algo definitivo. Después, todo será distinto – la luz será oscura y las tinieblas destellos rosados.
Los beduinos nadarán en el desierto y los inuit montarán ágiles caballos árabes.

Cuando era pequeña, las tuberías respiraban con un susurro de garganta inflamada.
Recuerdo que me asustaba saber que se alimentaban de las escamas que se desprendían de mi piel cuando mi madre me frotaba fuerte en la bañera.
Salían por la noche y se comían el polvo de talco con el que ella me rociaba y los hilos de los calcetines calados que me ponía.

Pero ha pasado mucho tiempo, el que cabe en la pegatina que una mano rechoncha puso en un azulejo. Ahora no tengo miedo de volver al hotel y llenar de sal las cañerías.
Romperé todas las paredes de todos los baños de todas las habitaciones.
Haré boquetes pidiendo perdón a los clientes, les contaré de mi búsqueda y ellos comprenderán su magnitud.

Empezaré por la última planta y luego bajaré con mi taladro en el hombro, peldaño a peldaño, sin casi hacer ruido.
Los empleados del hotel, conocedores de mi tarea, me dejarán pasar, mirándome con el respeto debido a quien cumple una misión heroica.

Los muros, las escaleras, los guardarropas, los almacenes, los mismos cimientos se tambalearán.
Los espejos, los anaqueles, las baldosas, las barandillas, los teléfonos se harán añicos.
Las sábanas saldrán por la ventana para formar un enorme pañuelo blanco que recogerá toda la lluvia del mundo.

El hotel entero reconocerá la importancia absoluta de un cabello.

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